domingo, 11 de octubre de 2009

EXALTACIÓN

Curiosos espectáculos callejeros suceden en las ciudades todos los días.
A media tarde del domingo, en la concurrida esquina entre el Paseo y la Avenida, allí donde la gente suele citarse para encontrarse con otros, está a punto de empezar uno formado por un grupo evangelizador. Son siete personas que parecen salidas de un cuadro surrealista gris. Cinco mujeres y tres hombres que se sitúan en media luna y próximos a los que esperan, entre la barandilla de la estación y el colegio. La gente va y viene deprisa, pocos prestan atención mas a ellos no parece importarles. El discurso no cesa. La voz cantante la lleva una mujer de casta apariencia. Tapada, prácticamente hasta las orejas, con una indumentaria inadecuada al clima caluroso que se respira: jersey de lana de cuello alto, falda hasta los tobillos que deja entrever el empeine de los pies cubiertos con tupidas medias marrones. Un grueso chaquetón azul oscuro completa la sombría y hermética figura. Avanza unos pasos hacia delante para exponer su arenga; mientras gesticula con los brazos y las manos sostienen lo que parece el libro de salmos. A continuación lanza a voz en grito: -“Te quiero enseñar cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Deléitate en mí y te concederé las peticiones de tu corazón. Mis pensamientos sobre ti se multiplican más que arena en la orilla del mar…”-
Uno de los compañeros alza fuertemente la voz arropando a la mujer con exclamaciones exaltadas de potentes Aleluya. El grupo escucha con atención ajena los jocosos comentarios de algunos transeúntes que ríen al pasar junto a ellos. La mujer retrocede tres pasos a la vez que le precede un hombre de unos treinta años quien toma el relevo de la palabra exclamando:
-“Somos un grupo de hermanos, además de médicos, que ha cambiado su orientación para salvar al mundo de todos los males que acechan al alma, ¡alcohol! ¡droga! ¡pornografía! todos somos pecadores… ¡Necesitamos arrepentirnos!”

domingo, 4 de octubre de 2009

LA FAMILIA

Tres cosas me llenan de orgullo: familia, negocio, y sobre todo ideas, ah ¡qué ideas! -ventajas de recordar los sueños- pues nos han permitido vivir con holgura durante años.
Sara, nuestros tres hijos y yo conformamos una familia singular que podría denominarse bien avenida, aunque no siempre fue así. Ahora, prefiero olvidar nuestras penurias económicas y pasionales para centrarme en la sólida empresa que represento.
Sucedió el día que tuve la gran revelación que se manifestó en un sueño. Soñé que era gerente de mi propia empresa, rodeado de eficientes y capacitados colaboradores. Estos eran Sara y los chicos, dedicados por completo a la elaboración artesanal de billetes de cincuenta. El caso es que no podían ser otros, ni sé la razón. Solo sé que había billetes por doquier. Cuando pienso en ello, noto el cosquilleo de la avaricia como si los estuviera tocando.
Tiempo atrás ostenté un cargo de responsabilidad en una empresa harinera. Hasta hice un spot publicitario para televisión. Recuerdo el mensaje que transmití. Una voz en off anunciaba: José Silvente, director de los Laboratorios de Harinas Arco, les mostrará el transparente funcionamiento de nuestras instalaciones. Yo iba paseando, con la cámara al frente, cantando las virtudes del producto así: Con Harinas Arco, el pan aún más blanco. Y levantando ligeramente el dedo índice de la mano izquierda, continuaba el subliminal mensaje: ustedes han sido testigos.
Aquel año, se cuadriplicaron los beneficios de la empresa y recibí una sustanciosa gratificación que lapidé sin contemplaciones embarcándome en un lujoso trasatlántico durante dos meses. Cuando regresé a la sociedad encontré una carta sobre la mesa anunciando el cese. No recuerdo el argumento de despido, ni quiero hacerlo. Tenía entonces cuarenta y ocho años y pronto descubrí que para otras alternativas laborales que busqué, necesitaban candidatos de treinta. Huelga decir que sentí un profundo abatimiento tanto por el fracaso personal como el negro porvenir que se avecinaba.
Estos hijos míos reúnen potencialidades de trabajo escondidas. Tan escondidas, que prefieren vegetar cómodamente en el dulce hogar antes que aceptar ofertas de trabajo que les hagan madrugar. Están fuertemente enganchados a Internet y son unos verdaderos expertos internautas. A Marta, novia de mi hijo mediano, la considero de la familia por pasar la mayor parte del tiempo en nuestra casa compartiendo el mismo interés por la red y publicando blogs de diseño gráfico.
Cuando propuse materializar el sueño, toda la familia se mostró muy complacida y hasta sugirieron que la elaboración fuera a gran escala. Naturalmente, me negué en rotundo para no echarnos la policía encima desde el primer día que sacáramos los billetes a la calle.
Utilizamos papel Din A4 de 80 gramos, comprado directamente al proveedor mayorista, conocido de mi hijo José Manuel, al precio de ganga.
El coste inicial invertido fue de poca monta porque ya disponíamos en casa de otros elementos necesarios para hacer las copias.
Organizamos el plan de trabajo según las aptitudes de cada uno. José Manuel, José Ignacio y yo hicimos la función del escaneo. Mientras, las mujeres afinaban el pulso preciso a los retoques finales. Costó encontrar la solución a los malditos hologramas, que por cierto nos llevaban de cabeza, y gracias a la pericia de Marta, al final lo conseguimos.
Sara, hábil y segura dijo que para acelerar el envejecimiento del papel tendríamos que llevarlos en los bolsillos, mejor si vestíamos vaqueros, por la impregnación de resistencia. Y esto hicimos durante siete días, tiempo suficiente para obtener la patina convincente de viejos y así no levantar sospechas a la primera compra. El plan definitivo se llevó a cabo viajando por separado a distintos lugares de la comarca. No salió mal. Logramos colocar entre los seis, 3.800 euros en tiendas que ya sabíamos de antemano que no utilizaban esas engorrosas lámparas de luz violeta que nos hubieran delatado.
Siento gran satisfacción al ver cumplido mi sueño: Por fin trabajo. Ahora sólo necesito suerte y, ¡a vivir del invento!

sábado, 19 de septiembre de 2009

LLAMADA

No voy a negar la sorpresa causada por la llamada que comunica el ingreso inmediato a la residencia de ancianos. Completamente nueva, dice la voz, el inconveniente es que no está en el barrio, situación que me inquieta por un instante. La amable voz de la informadora inspira confianza porque utiliza el énfasis propio de quien anuncia que se ha ganado un valioso premio; en este caso, haber sido agraciada por una habitación individual, amplia, luminosa y orientada al norte. ¡Cómo si me importara la orientación!
He cumplido ochenta y tres años y los últimos diez no han sido excelentes pero no me quejo, pues hay quien está mucho peor. Hay listas de espera de hasta dos años para ocupar una plaza como la ofrecida. Afortunada debería sentirme y sin embargo, abandonar la casa... Imagino que no volveré. Mientras escucho a la interlocutora voy haciendo el repaso visual por la sala llena de recuerdos de más de cincuenta años. Veo los hijos pequeños corretear por este espacio en un vano empeño por detener el tiempo y recuperar esos frágiles y tiernos cuerpecitos, tantos momentos de felicidad compartida. La voz devuelve a la realidad las abstracciones; Nasia, ¡te esperamos dentro de tres días!, marca la ropa y trae alguna pertenencia que sea importante para ti, aquí te sentirás como en casa, ¡lo prometo!
El diseño del edificio es impactante, mezcla de sobriedad, modernismo y elegancia que recuerda un hotel de bastantes estrellas. Soy de las primeras usuarias en llegar, según dice el simpático recepcionista que de inmediato da aviso para ser llevada a la habitación. Mientras espero, se acerca el director del centro y con un efusivo apretón de manos, -demasiado fuerte para mi escasa estabilidad- da la bienvenida en nombre de todo el equipo.
Por problemas de movilidad, utilizo este andador que permite caminar con cierta independencia pero sin ninguna soltura; el ritmo es torpe y lento aunque ya no me preocupa, ahora estoy en un lugar espacioso donde no podré chocar involuntariamente con el mobiliario como ocurría a veces en casa.
He llegado a la planta tercera, el nuevo domicilio a partir de ahora. La amable asistente de ahí se presenta como Ana, va uniformada de dos piezas blanco radiante, desprende una fragancia fresca de suave limón que armoniza con su transparente sonrisa y no deja de sonreír en el trayecto del ascensor. Tantas atenciones, casi hacen olvidar el lugar y la situación donde estoy.
Se detiene en la puerta de la habitación y observo a la derecha de la pared, el rótulo que lleva mi nombre ¡Madre mía! clasificada y todo, pienso. Desde el umbral se aprecia la luz solar que penetra por la gran ventana del fondo. Exclamo sin disimulo la admiración por el espacio reservado y ando apresurada -dentro de mis límites- para explorar el interior. Miro detenidamente la perfecta funcionalidad del cuarto de baño ¡es impresionante!, puedo entrar perfectamente con el artilugio de andar; pienso en ocupar de inmediato la silla de ducha con autonomía e intimidad. Bien, ahora no es el momento, tengo que seguir explorando. Tres pasos más y un leve giro de andador permite contemplar el resto de estancia. Estoy entusiasmada, la cama parece confortable vestida con impecable cubierta floral en tonos azulados y lila que recuerdan la primavera. Saco del bolso los tesoros ocultos: las fotografías de mis nietos y las coloco en el mueble frente a la cama para que siempre velen por mí a través de sus angelicales caras.
Escribiré hoy a los hijos que estén tranquilos, he quedado en buenas manos, no les diré que pienso siempre en ellos para no hacerles sufrir ni les hablaré de la congoja que siento al haber cerrado para siempre la puerta de mi hogar.

martes, 28 de julio de 2009

GRAFOLOGÍA DE UNA NOTICIA


Cómo todas las cosas suceden por alguna razón, seguramente a la tuya no le faltan, y pienso muchas veces cual sería el motivo que te llevó al reparto en copias del manuscrito. A lo mejor ya ni te acuerdas o quien sabe, si aquello fue el lanzamiento hacía el estrellato social, dejando atrás el submundo del “costo del güeno” que reflejaba tu nota.
Entre alguna de mis costumbres está la de fijarme en las caligrafías de los demás. Una manía, supongo, para imaginar como es la persona que escribe a través de los trazos gráficos que expone. Lo considero como un juego apasionante; y, jugando a la sinceridad, algunas veces, equivocando el pronóstico. Normal, no soy profesional.
Observé con atención la huella del escrito cuando apareció publicado en la prensa del 2007, concretamente el 24 de abril.
El titular, anunciado como “delito contra la salud pública”, pretendía impresionar resaltando tu detención, qué dicho sea de paso, les pusiste en bandeja por exceso de candidez. Leí la noticia completa pero, como decía, la lectura resultó indiferente. Los ojos se posaron directamente en la unión de letras más que al modo en que expresabas esa original venta del hachís
Detenida en el primer trazo de la C de “Costo”, principio del manuscrito, fue aproximarse a la compasión -o así lo creí- por la fisura inferior que contenía la letra. No te salió un semicírculo curvado, y ese detalle, se me antojó grave imaginando la triste e incierta existencia que llevabas en tu barrio. Sin embargo, la “T” desplegaba esa verticalidad tan asombrosa, que cualquier entendido, la asociaría a firme voluntad de hierro indispensable para afrontar la vida.
Del resto de rasgos destacaría, por el mismo orden que aparecieron: ternura, independencia, amor propio, sensibilidad, inmadurez y, rizando el rizo, hasta dotes artísticas relacionadas con la ingeniería.
Ahora me pregunto si habrás canalizado convenientemente estas cualidades para hacer de tu negocio otro modo lícito de convivencia.
Mucha suerte, Marcos.

jueves, 23 de julio de 2009

EL REGRESO

Es asombrosa la camaradería que se da en el tren. Acabo de subir al TALGO con destino a Barcelona y antes de localizar el asiento, una monja ofrece amablemente galletas acercando el paquete a mi mano derecha. Tomo una y la saboreo mientras le dedico una sonrisa de agradecimiento y perplejidad. Sé que no seremos compañeras de viaje porque está sentada en el costado de la ventana y, precisamente, el billete que yo llevo indica: 12 V. Pienso por un instante si su asiento fuera el que ocuparé, ¿cómo podría decirle que se ha equivocado?; la verdad no sé como tratarlas, y menos a ésta, de dulzura celestial.
Paladeo los fragmentos de galleta que saben a gloria. Seguro que la ha elaborado ella misma, tiene textura artesana, impregnada de reposo monacal y, ¡qué sabor! una mezcla de canela, rosa y naranja que inundan paladar y mente de deliciosos recuerdos orientales.
Localizo el sitio cuatro filas más adelante, al tiempo que noto un leve impulso del tren que se pone en marcha. A continuación, una frenada brusca produce el choque con un pasajero barbudo, gorra deportiva naranja y pose de equilibrista cuando en una rápida y audaz maniobra sostenida por el brazo, evita el resbalón seguro en el estrecho pasillo.
Agradezco el gesto mientras voy hacia el asiento. Dejo la bolsa de mano en el portaequipajes superior y acomodada, disfruto del acompasado y suave traqueteo, mientras cierro los ojos al pasar el túnel. Detrás escucho los incipientes ronquidos de la señora que está a la espalda. Al girarme, noto la observación de otros pasajeros con la complicidad alegre de quien pregunta con la mirada: ¿le vas a decir algo? La mujer, abre ligeramente los ojos, mira fijamente y con un hilo de voz brinda, “para que te entretengan” -dice-, tres revistas de moda.
Temo que yo también he dormido, porque sin darme cuenta, el tren se ha detenido en la Estación de Sants. Tengo la sensación de haber llegado en un suspiro, creo que la galleta tenía, además, añadidos relajantes. Quiero devolver las revistas pero ya no queda nadie a quien poder preguntar. Soy la última en bajar, así lo hace saber el empleado que me ha despertado:
-Fin de trayecto señora.
-Disculpe, -le digo-
-¿Dónde está el portaequipajes de arriba?
-Sencillamente no hay, nunca los ha habido en el metro -responde-
-¿¡METRO!? ¿De qué habla...?
Aturdida, le pregunto si ha visto a una monja que repartía galletas y muy irónicamente responde que las “galletas” gustosamente las daría él, si pudiera, a los carteristas que operan a sus anchas por los vagones en la línea roja.
Hoy –explica- he recibido quejas de cinco personas a las que les han robado sus billeteros, por un individuo que describen con abundante barba negra y gorra deportiva naranja.
¡Oh, no! ¿Dónde estará mi bolsa…?

domingo, 19 de julio de 2009

TRANSGRESIÓN

Ese fatídico día de finales de verano y olor dulce, que se convertirá pronto en amargo, marca la existencia del chaval que trabaja la tierra. Daniel ha llegado temprano a desbrozar el campo enclavado en un montículo de forma redondeada y que parece una pequeña atalaya. Quedan algunas frutas que coger cuando empieza a notar cansancio. Una hora más, piensa, y acabaré por hoy. Tumbado a ras de suelo limpiando la hojarasca de los perales oye el ruido del camión que se aproxima por el camino del cementerio. Apartando a un lado los aperos de trabajo se sitúa tras un árbol observando entre las ramas. Es rara la circulación por la zona. El camión detiene la marcha y bajan tres individuos calzados con botas militares. Caminan hacía atrás, levantando polvo en el camino hasta llegar a la puerta trasera que Daniel no alcanza ver en su totalidad, pero escucha bien los pasos. Pasos que no podrá jamás olvidar. Son pasos de verdugos que invitan a bajar del camión, a alinear en la pared del cementerio a los infelices hombres que también han bajado del vehículo. Son cinco prisioneros, el más alto un chico de quince años que llama papá al hombre que está junto a él y pregunta: ¿dónde nos llevan? No levantan la vista del suelo siguiendo a los tipos serios que los conducen al lateral de la pared del cementerio, sin esperanza, saben que van a morir irremediablemente. Silencio. No piden clemencia ni mendigan perdón. Sin tiempo para el adiós caen. Ojos inertes, abiertos ya nunca más a la vida y mirada de muerte posada en el tirano ejecutor. Uno a uno recibe el tiro de gracia. Daniel vomita, se retuerce de espanto apoyado en el árbol, testigo cómplice, del terrible crimen. Reconoce los verdugos de la barbarie, uno, es el sacristán. Hace años que colabora en las tareas de la iglesia. Hoy, precisamente debe llegar a tiempo para ordenar las ropas de liturgia del sacerdote que en su homilía hablará del Derecho a la Vida.
Han pasado años pero la tierra tiene memoria: los árboles se inclinan solemnes en un acto de reverencia hacía la pared del camposanto, el paredón, cual homenaje silencioso por los hombres que allí cayeron. Daniel lo sabe, la Naturaleza es capaz de condenar con ese gesto de amor la horrible transgresión cometida.