No voy a negar la sorpresa causada por la llamada que comunica el ingreso inmediato a la residencia de ancianos. Completamente nueva, dice la voz, el inconveniente es que no está en el barrio, situación que me inquieta por un instante. La amable voz de la informadora inspira confianza porque utiliza el énfasis propio de quien anuncia que se ha ganado un valioso premio; en este caso, haber sido agraciada por una habitación individual, amplia, luminosa y orientada al norte. ¡Cómo si me importara la orientación!He cumplido ochenta y tres años y los últimos diez no han sido excelentes pero no me quejo, pues hay quien está mucho peor. Hay listas de espera de hasta dos años para ocupar una plaza como la ofrecida. Afortunada debería sentirme y sin embargo, abandonar la casa... Imagino que no volveré. Mientras escucho a la interlocutora voy haciendo el repaso visual por la sala llena de recuerdos de más de cincuenta años. Veo los hijos pequeños corretear por este espacio en un vano empeño por detener el tiempo y recuperar esos frágiles y tiernos cuerpecitos, tantos momentos de felicidad compartida. La voz devuelve a la realidad las abstracciones; Nasia, ¡te esperamos dentro de tres días!, marca la ropa y trae alguna pertenencia que sea importante para ti, aquí te sentirás como en casa, ¡lo prometo!
El diseño del edificio es impactante, mezcla de sobriedad, modernismo y elegancia que recuerda un hotel de bastantes estrellas. Soy de las primeras usuarias en llegar, según dice el simpático recepcionista que de inmediato da aviso para ser llevada a la habitación. Mientras espero, se acerca el director del centro y con un efusivo apretón de manos, -demasiado fuerte para mi escasa estabilidad- da la bienvenida en nombre de todo el equipo.
Por problemas de movilidad, utilizo este andador que permite caminar con cierta independencia pero sin ninguna soltura; el ritmo es torpe y lento aunque ya no me preocupa, ahora estoy en un lugar espacioso donde no podré chocar involuntariamente con el mobiliario como ocurría a veces en casa.
He llegado a la planta tercera, el nuevo domicilio a partir de ahora. La amable asistente de ahí se presenta como Ana, va uniformada de dos piezas blanco radiante, desprende una fragancia fresca de suave limón que armoniza con su transparente sonrisa y no deja de sonreír en el trayecto del ascensor. Tantas atenciones, casi hacen olvidar el lugar y la situación donde estoy.
Se detiene en la puerta de la habitación y observo a la derecha de la pared, el rótulo que lleva mi nombre ¡Madre mía! clasificada y todo, pienso. Desde el umbral se aprecia la luz solar que penetra por la gran ventana del fondo. Exclamo sin disimulo la admiración por el espacio reservado y ando apresurada -dentro de mis límites- para explorar el interior. Miro detenidamente la perfecta funcionalidad del cuarto de baño ¡es impresionante!, puedo entrar perfectamente con el artilugio de andar; pienso en ocupar de inmediato la silla de ducha con autonomía e intimidad. Bien, ahora no es el momento, tengo que seguir explorando. Tres pasos más y un leve giro de andador permite contemplar el resto de estancia. Estoy entusiasmada, la cama parece confortable vestida con impecable cubierta floral en tonos azulados y lila que recuerdan la primavera. Saco del bolso los tesoros ocultos: las fotografías de mis nietos y las coloco en el mueble frente a la cama para que siempre velen por mí a través de sus angelicales caras.
Escribiré hoy a los hijos que estén tranquilos, he quedado en buenas manos, no les diré que pienso siempre en ellos para no hacerles sufrir ni les hablaré de la congoja que siento al haber cerrado para siempre la puerta de mi hogar.
LLAMADA
ResponderEliminarSutilmente y entreteniendo , Ángeles nos muestra su narrativa contestataria, develando la realidad que enfrenta nuestros abuelos, en este caso Nasia, que conscientemente abandona su casa para recluirse en un moderno y cómodo hogar de ancianos. En este lugar , debera ser capaz de superar la congoja de haber cerrado su casa y asumir la metamorfosis entre su vida pasada junto a sus seres y recuerdos queridos, y la nueva vida que el hogar de ancianos le deparará.
Aconsejo leer con atención ¿Lo logrará Nasia? Ramón Serra Fuentes