domingo, 19 de julio de 2009

TRANSGRESIÓN

Ese fatídico día de finales de verano y olor dulce, que se convertirá pronto en amargo, marca la existencia del chaval que trabaja la tierra. Daniel ha llegado temprano a desbrozar el campo enclavado en un montículo de forma redondeada y que parece una pequeña atalaya. Quedan algunas frutas que coger cuando empieza a notar cansancio. Una hora más, piensa, y acabaré por hoy. Tumbado a ras de suelo limpiando la hojarasca de los perales oye el ruido del camión que se aproxima por el camino del cementerio. Apartando a un lado los aperos de trabajo se sitúa tras un árbol observando entre las ramas. Es rara la circulación por la zona. El camión detiene la marcha y bajan tres individuos calzados con botas militares. Caminan hacía atrás, levantando polvo en el camino hasta llegar a la puerta trasera que Daniel no alcanza ver en su totalidad, pero escucha bien los pasos. Pasos que no podrá jamás olvidar. Son pasos de verdugos que invitan a bajar del camión, a alinear en la pared del cementerio a los infelices hombres que también han bajado del vehículo. Son cinco prisioneros, el más alto un chico de quince años que llama papá al hombre que está junto a él y pregunta: ¿dónde nos llevan? No levantan la vista del suelo siguiendo a los tipos serios que los conducen al lateral de la pared del cementerio, sin esperanza, saben que van a morir irremediablemente. Silencio. No piden clemencia ni mendigan perdón. Sin tiempo para el adiós caen. Ojos inertes, abiertos ya nunca más a la vida y mirada de muerte posada en el tirano ejecutor. Uno a uno recibe el tiro de gracia. Daniel vomita, se retuerce de espanto apoyado en el árbol, testigo cómplice, del terrible crimen. Reconoce los verdugos de la barbarie, uno, es el sacristán. Hace años que colabora en las tareas de la iglesia. Hoy, precisamente debe llegar a tiempo para ordenar las ropas de liturgia del sacerdote que en su homilía hablará del Derecho a la Vida.
Han pasado años pero la tierra tiene memoria: los árboles se inclinan solemnes en un acto de reverencia hacía la pared del camposanto, el paredón, cual homenaje silencioso por los hombres que allí cayeron. Daniel lo sabe, la Naturaleza es capaz de condenar con ese gesto de amor la horrible transgresión cometida.

1 comentario:

  1. Transgresión
    Narrativa de gran vitalidad y realismo , nos conduce a escenas muy repetidas e impactantes que se siguen sucediendo una y otra vez , mientras permanecemos como espectadores complices.
    Sólo responde a nuestra inmune complacencia , la naturaleza , con su gesto de reverencia ante los desgraciados.
    Ramón Serra Fuentes

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