THE TEMPLE BAR
Nos
había unido un santo: San Valentín, hace siete años, en el Temple Bar de
Dublín. No sé si por azar, o porque los dos queríamos celebrar de un modo menos
solitario el día de los enamorados, nos aventuramos por separado a la búsqueda
de nuevas emociones. Ella tenía 44 años y, —añadió— soltera por vocación.
—Pues
la mía, de emparejado reincidente —respondí, sin mencionar cuantas veces y
ocultando que mis años sumaban veinte más a los suyos.
Nos
habíamos mirado antes, con atrevimiento, en el embarque del aeropuerto de
nuestra ciudad, también momentos antes del vuelo a Dublín, pero durante el
mismo ya no volvimos a vernos. Parecía insegura. Movía constantemente la
cabeza, como si le faltara algo que hubiese olvidado y no lo fuera a recuperar.
Pensé en ella durante las dos horas que anduve vagando por la O ’Connell Street, ajeno al flujo
de personas que me rozaban, a las constantes
muestras del “pardon”
ocasional mientras se abrían paso a fuerza de descarados empujones. Concentrado
solo en su desasosiego, en ese mechón rizado y cobrizo que le ocultaba la
frente, en cuál sería el motivo que le habría llevado llegar a la misma ciudad
que yo.
Entré
extenuado al Pub. Me acerqué a la barra con la intención de sofocar la sed y la
angustia de solitud, que ya empezaba a ser insolente. El camarero leyó mis
pensamientos mostrando una tentadora Guinness que no rechacé. La barra estaba
ornamentada con corazones rojo brillante y al fondo se distinguían bandejitas
rojas de patatas chips, maíz y almendras fritas, que incrementaban mis ansias de
beber. Al tercer sorbo me volví para contestar a la voz que preguntaba:
—Disculpa,
¿sabes quién es el coordinador de todo esto?—dijo, y se quedó petrificada al
reconocerme.
—Podría
ser San Valentín, ¿no? —le susurré para impresionarla.
Me
lanzó una mirada ambigua, entre aprobación y desagrado y a continuación exhibió
la clave de su participación en el concurso, establecida en el Temple Bar:
“Este
año, después de jugar enamórate o cámbialo”
—Ganarás el primer premio—contesté,
invitándola a contemplar la luna en la
ribera del Liffey.

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