TEMBLOR
Las
paredes del salón exudaban misterio. Lo percibí sentada al lado de la chimenea.
Quedaban las últimas ascuas que aún transmitían calor. Explicaba a la niña el
cuento Es difícil ser feliz una tarde
de Gloria Fuertes, cuando el relieve de la plancha posterior de la chimenea parecía
cobrar vida propia.
Un
lobo desafiante surgido del hierro, al que yo veía los ojos encendidos, quería
decir algo. Su mirada enigmática me hizo temblar. La niña se percató y cambió
de postura separándose levemente, hablando en voz baja pasando sus manitas por
mis cabellos para tranquilizarme. Me dio un beso en la frente y dijo: mamá,
estás cansada, quiero ir a dormir, mañana
seguimos.
Regresé
al salón evitando mirar el ángulo de la chimenea. El aire olía a humo. Era tarde,
no quería respirar ese aire tóxico. Abrí una rendija de la ventana y fui a
buscar agua para sofocar el fuego. El silencio glacial me hizo temblar de
nuevo.
Nací
en esta casa, en ella viví momentos inolvidables, otros tristes, llenos de
ausencias de familiares que nunca veré, la abuela, los tíos. Ellos fueron el
pilar, plasmadores de una infancia maravillosa, feliz. Cada rincón tiene la
memoria de ellos, de incontables recuerdos. De cariño y gratitud. La abuela
siempre entendía mis miedos y los remediaba sentándome en su regazo de
chocolate. Ése era su olor más característico. Hacía pucheros de chocolate
espeso, en la misma lumbre que estoy yo ahora. Después tostaba el pan, lo
partía con la mano y me llamaba a merendar. Ella y sus fantásticas historias
eran el centro de atención, el océano del consuelo al lobo de la plancha,
entonces negro de hollín, sin relieve, sin ojos encendidos pero provocador, suspicaz,
dispuesto a dar el brinco para arrebatarme de un zarpazo los mimos que él no
tenía.
La
dimensión del silencio asustaba. Noté que me ahogaba. De las paredes colgaban
cuadros de una marina lúgubre y un bodegón sin brillo que hacía del faisán y la
sandía un grotesco carnaval contra el hambre. Apagué la luz. A tientas cerré la
ventana y busqué hasta dar con el cuaderno de crucigramas empezado. El
bolígrafo había desaparecido. En la penumbra parecía que las pinturas
abandonaban su realismo estático: del barco brotaban diminutos piratas armados
con pesadas espadas. La sandía devoraba con la fuerza de un cráter al faisán
entero, sus saciadas pepitas se hinchaban y convertían en afilados estiletes,
idénticos al bolígrafo perdido. El suelo crujía, las letras del cuaderno, que
yo sostenía como un escudo entre el pecho, caían desordenadas a mis pies
desnudos. Quise chillar pero el miedo me paralizaba. La niña apareció de
súbito, llorosa, al mismo tiempo que la luz.
¡Mamá, ven conmigo, la cama tiembla!

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