jueves, 25 de octubre de 2012



TEMBLOR

Las paredes del salón exudaban misterio. Lo percibí sentada al lado de la chimenea. Quedaban las últimas ascuas que aún transmitían calor. Explicaba a la niña el cuento Es difícil ser feliz una tarde de Gloria Fuertes, cuando el relieve de la plancha posterior de la chimenea parecía cobrar vida propia.

Un lobo desafiante surgido del hierro, al que yo veía los ojos encendidos, quería decir algo. Su mirada enigmática me hizo temblar. La niña se percató y cambió de postura separándose levemente, hablando en voz baja pasando sus manitas por mis cabellos para tranquilizarme. Me dio un beso en la frente y dijo: mamá, estás cansada, quiero ir a dormir,  mañana seguimos.

Regresé al salón evitando mirar el ángulo de la chimenea. El aire olía a humo. Era tarde, no quería respirar ese aire tóxico. Abrí una rendija de la ventana y fui a buscar agua para sofocar el fuego. El silencio glacial me hizo temblar de nuevo.

Nací en esta casa, en ella viví momentos inolvidables, otros tristes, llenos de ausencias de familiares que nunca veré, la abuela, los tíos. Ellos fueron el pilar, plasmadores de una infancia maravillosa, feliz. Cada rincón tiene la memoria de ellos, de incontables recuerdos. De cariño y gratitud. La abuela siempre entendía mis miedos y los remediaba sentándome en su regazo de chocolate. Ése era su olor más característico. Hacía pucheros de chocolate espeso, en la misma lumbre que estoy yo ahora. Después tostaba el pan, lo partía con la mano y me llamaba a merendar. Ella y sus fantásticas historias eran el centro de atención, el océano del consuelo al lobo de la plancha, entonces negro de hollín, sin relieve, sin ojos encendidos pero provocador, suspicaz, dispuesto a dar el brinco para arrebatarme de un zarpazo los mimos que él no tenía.

La dimensión del silencio asustaba. Noté que me ahogaba. De las paredes colgaban cuadros de una marina lúgubre y un bodegón sin brillo que hacía del faisán y la sandía un grotesco carnaval contra el hambre. Apagué la luz. A tientas cerré la ventana y busqué hasta dar con el cuaderno de crucigramas empezado. El bolígrafo había desaparecido. En la penumbra parecía que las pinturas abandonaban su realismo estático: del barco brotaban diminutos piratas armados con pesadas espadas. La sandía devoraba con la fuerza de un cráter al faisán entero, sus saciadas pepitas se hinchaban y convertían en afilados estiletes, idénticos al bolígrafo perdido. El suelo crujía, las letras del cuaderno, que yo sostenía como un escudo entre el pecho, caían desordenadas a mis pies desnudos. Quise chillar pero el miedo me paralizaba. La niña apareció de súbito, llorosa, al mismo tiempo que la luz.

¡Mamá, ven conmigo, la cama tiembla!
THE TEMPLE BAR


Nos había unido un santo: San Valentín, hace siete años, en el Temple Bar de Dublín. No sé si por azar, o porque los dos queríamos celebrar de un modo menos solitario el día de los enamorados, nos aventuramos por separado a la búsqueda de nuevas emociones. Ella tenía 44 años y, —añadió— soltera por vocación.

—Pues la mía, de emparejado reincidente —respondí, sin mencionar cuantas veces y ocultando que mis años sumaban veinte más a los suyos.

Nos habíamos mirado antes, con atrevimiento, en el embarque del aeropuerto de nuestra ciudad, también momentos antes del vuelo a Dublín, pero durante el mismo ya no volvimos a vernos. Parecía insegura. Movía constantemente la cabeza, como si le faltara algo que hubiese olvidado y no lo fuera a recuperar. Pensé en ella durante las dos horas que anduve vagando por la O’Connell Street, ajeno al flujo de personas que me rozaban, a las constantes  muestras del “pardon” ocasional mientras se abrían paso a fuerza de descarados empujones. Concentrado solo en su desasosiego, en ese mechón rizado y cobrizo que le ocultaba la frente, en cuál sería el motivo que le habría llevado llegar a la misma ciudad que yo.

Entré extenuado al Pub. Me acerqué a la barra con la intención de sofocar la sed y la angustia de solitud, que ya empezaba a ser insolente. El camarero leyó mis pensamientos mostrando una tentadora Guinness que no rechacé. La barra estaba ornamentada con corazones rojo brillante y al fondo se distinguían bandejitas rojas de patatas chips, maíz y almendras fritas, que incrementaban mis ansias de beber. Al tercer sorbo me volví para contestar a la voz que preguntaba:

—Disculpa, ¿sabes quién es el coordinador de todo esto?—dijo, y se quedó petrificada al reconocerme.

—Podría ser San Valentín, ¿no? —le susurré para impresionarla.

Me lanzó una mirada ambigua, entre aprobación y desagrado y a continuación exhibió la clave de su participación en el concurso, establecida en el Temple Bar:

Este año, después de jugar enamórate o cámbialo

—Ganarás el primer premio—contesté,  invitándola a contemplar la luna en la ribera del Liffey.