Es asombrosa la camaradería que se da en el tren. Acabo de subir al TALGO con destino a Barcelona y antes de localizar el asiento, una monja ofrece amablemente galletas acercando el paquete a mi mano derecha. Tomo una y la saboreo mientras le dedico una sonrisa de agradecimiento y perplejidad. Sé que no seremos compañeras de viaje porque está sentada en el costado de la ventana y, precisamente, el billete que yo llevo indica: 12 V. Pienso por un instante si su asiento fuera el que ocuparé, ¿cómo podría decirle que se ha equivocado?; la verdad no sé como tratarlas, y menos a ésta, de dulzura celestial. 
Paladeo los fragmentos de galleta que saben a gloria. Seguro que la ha elaborado ella misma, tiene textura artesana, impregnada de reposo monacal y, ¡qué sabor! una mezcla de canela, rosa y naranja que inundan paladar y mente de deliciosos recuerdos orientales.
Localizo el sitio cuatro filas más adelante, al tiempo que noto un leve impulso del tren que se pone en marcha. A continuación, una frenada brusca produce el choque con un pasajero barbudo, gorra deportiva naranja y pose de equilibrista cuando en una rápida y audaz maniobra sostenida por el brazo, evita el resbalón seguro en el estrecho pasillo.
Agradezco el gesto mientras voy hacia el asiento. Dejo la bolsa de mano en el portaequipajes superior y acomodada, disfruto del acompasado y suave traqueteo, mientras cierro los ojos al pasar el túnel. Detrás escucho los incipientes ronquidos de la señora que está a la espalda. Al girarme, noto la observación de otros pasajeros con la complicidad alegre de quien pregunta con la mirada: ¿le vas a decir algo? La mujer, abre ligeramente los ojos, mira fijamente y con un hilo de voz brinda, “para que te entretengan” -dice-, tres revistas de moda.
Temo que yo también he dormido, porque sin darme cuenta, el tren se ha detenido en la Estación de Sants. Tengo la sensación de haber llegado en un suspiro, creo que la galleta tenía, además, añadidos relajantes. Quiero devolver las revistas pero ya no queda nadie a quien poder preguntar. Soy la última en bajar, así lo hace saber el empleado que me ha despertado:
-Fin de trayecto señora.
-Disculpe, -le digo-
-¿Dónde está el portaequipajes de arriba?
-Sencillamente no hay, nunca los ha habido en el metro -responde-
-¿¡METRO!? ¿De qué habla...?
Aturdida, le pregunto si ha visto a una monja que repartía galletas y muy irónicamente responde que las “galletas” gustosamente las daría él, si pudiera, a los carteristas que operan a sus anchas por los vagones en la línea roja.
Hoy –explica- he recibido quejas de cinco personas a las que les han robado sus billeteros, por un individuo que describen con abundante barba negra y gorra deportiva naranja.

Paladeo los fragmentos de galleta que saben a gloria. Seguro que la ha elaborado ella misma, tiene textura artesana, impregnada de reposo monacal y, ¡qué sabor! una mezcla de canela, rosa y naranja que inundan paladar y mente de deliciosos recuerdos orientales.
Localizo el sitio cuatro filas más adelante, al tiempo que noto un leve impulso del tren que se pone en marcha. A continuación, una frenada brusca produce el choque con un pasajero barbudo, gorra deportiva naranja y pose de equilibrista cuando en una rápida y audaz maniobra sostenida por el brazo, evita el resbalón seguro en el estrecho pasillo.
Agradezco el gesto mientras voy hacia el asiento. Dejo la bolsa de mano en el portaequipajes superior y acomodada, disfruto del acompasado y suave traqueteo, mientras cierro los ojos al pasar el túnel. Detrás escucho los incipientes ronquidos de la señora que está a la espalda. Al girarme, noto la observación de otros pasajeros con la complicidad alegre de quien pregunta con la mirada: ¿le vas a decir algo? La mujer, abre ligeramente los ojos, mira fijamente y con un hilo de voz brinda, “para que te entretengan” -dice-, tres revistas de moda.
Temo que yo también he dormido, porque sin darme cuenta, el tren se ha detenido en la Estación de Sants. Tengo la sensación de haber llegado en un suspiro, creo que la galleta tenía, además, añadidos relajantes. Quiero devolver las revistas pero ya no queda nadie a quien poder preguntar. Soy la última en bajar, así lo hace saber el empleado que me ha despertado:
-Fin de trayecto señora.
-Disculpe, -le digo-
-¿Dónde está el portaequipajes de arriba?
-Sencillamente no hay, nunca los ha habido en el metro -responde-
-¿¡METRO!? ¿De qué habla...?
Aturdida, le pregunto si ha visto a una monja que repartía galletas y muy irónicamente responde que las “galletas” gustosamente las daría él, si pudiera, a los carteristas que operan a sus anchas por los vagones en la línea roja.
Hoy –explica- he recibido quejas de cinco personas a las que les han robado sus billeteros, por un individuo que describen con abundante barba negra y gorra deportiva naranja.
¡Oh, no! ¿Dónde estará mi bolsa…?
Ángeles nos hace un retrato de la sociedad urbana, mostrando su oculta miseria ,nos lleva en un viaje comodo y grato entre todo tipo de personas , en el que podría decir con bastante aproximación ,que se confunde el Gran Señor con el Miserable.
ResponderEliminarEntusiasma y entretiene.
Ramón Serra Fuentes