sábado, 5 de marzo de 2011

ADND-SOS4-10-IP

Diógenes piensa cabizbajo sentado en el sofá del habitáculo. De vez en cuando la mirada se pierde en ese horizonte de bolsas desparramadas por el que un día fue su ordenado despacho. Frente al volcán de periódicos tirados por el suelo apenas tiene espacio para colocar las piernas, su propia figura parece una silla confundida entre la vorágine de prendas de vestir que no hacen distinción al género de quien las usó: calcetines negros, camisas que podían haber sido blancas, emergen a la superficie del plástico que las comprime compartiendo el caos entre lámparas caídas y paredes mugrientas.
Indiferentes al pensamiento del hombre, dos niños muy pequeños –posiblemente mellizos- observan a través del cristal que cierra el marco de la fotografía colgada en la pared del lado izquierdo de Diógenes.

Lleva pensando desde aquella primera incursión de la asistenta Social.

─Será gratificante para usted dejar la habitación de los recuerdos y enfrentarse a otros retos: petanca, dominó, teatro, literatura, jardinería. Un mar de posibilidades. Piénselo, le alejará de la soledad que le rodea y evitará la desagradable confrontación con sus vecinos –dijo la mujer dulce al otro lado del auricular.

Poco después se presenta en el domicilio sin avisar con la denuncia interpuesta por un vecino de Diógenes.

─Lea esto por favor.
─Imposible, de esta casa no sale ningún hedor a orina y rancio como dice el papel ¡Mentira! Hay gente desalmada ¿sabe? Eso es porque no soportan a los animales y por esa razón me han denunciado a Sanidad. El inspector mismo comentó después de haberle mostrado toda la casa, que la denuncia no tenía ninguna justificación. ¿Qué le parece? –dijo abatido.
─No sabía que le hubiese visitado ningún inspector ni que tuviese animales ¿Le importa dejarme entrar?

La mujer sigue al hombre por el lúgubre y largo pasillo que parece no tener fin mientras él explica que adora a los gatos, los trata bien y nunca les falta comida, al tiempo que un fétido perfume invade bruscamente el olfato de ella dilatando sus filtros en una especie de arcada de revulsión que logra contener.

Enormes manchas amarillentas, secas y húmedas al lado de excrementos recientes y atrasados conforman la densa atmósfera mobiliaria del desvencijado comedor donde veintiséis gatos ronronean, se lamen y comen, impasibles a la desencajada expresión de la mujer.

Ella retrocede unos pasos con discreto disimulo y aversión, extrae su móvil y marca, con un vaho de mareo en el rostro, el código de emergencias: ADND-SOS4-10-IP
Las últimas letras significan INTERNAMIENTO PRIORITARIO.

1 comentario:

  1. Un impactante retrato del mal de Diógenes y de su entorno de desarrollo , nos hace la autora al llevarnos en forma sutil a lo mas profundo del sentir del enfermo , donde en el plano mental se escapa del mundo real y en el plano sensorial se adormecen los sentidos, conservándose como base anímica los recuerdos y el amor a los animales.
    Me parece un relato muy bien logrado.me gustaria que otras personas la lean.

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