Precisamente hoy le había prometido, después de dos meses de darle largas con excusas inverosímiles, difíciles de digerir, que iba por fin a acompañarla de tiendas. Miento muy mal pero detesto ir de compras.Aquel día fue distinto, se lo creyó porque puse convencimiento sincero y mucho énfasis en los preliminares amatorios mientras hacíamos la siesta (no hecha) en el tatami regalado por su excéntrico padre.
Osito –dijo a la par que clavaba sus poderosos ojos negros brillantes en mi barba de tres días –no sabes cuánto deseo ir contigo por Ravalkistán, allí hay una tienda de gasas ¡ideales para Bollywood! Dí que si, osito –insistió colocando una de sus suaves manos en mi nuca rugosa que su tacto convertía en deslizante plumón de jilguero. Cómo podía negarme. La imaginaba ya vestida de odalisca con tules vaporosos bailando en medio de una multitud que la aplaudía. Sí, cielo a Ravalkistán o al fin del mundo, lo que tú me pidas. Durante un rato sopesé que ella estaba cambiando mis costumbres y mi vida entera. De buena gana le habría propuesto que se quedara conmigo definitivamente mas ella no se prestaba a este tipo de demandas que solía interpretar como una renuncia a su libertad. Libertad condicional para ir de compras conmigo.
Anoche, antes de la pesadilla soñé que soñaba con ella empapado de sudor, lívido, en el escaparate de gasas orientales: blanco, ojeroso, lleno de retales burdos que oprimían mi tórax acelerando frenéticamente los latidos cardiacos. Entonces lo adiviné, al oír la música que salía de la cocina. Fue en aquel momento, al recordar los delirios febriles cuando comprendí que ella no existe, sólo vive en la fantasía de mi mente.
Preparaba un té con limón para atenuar el malestar mientras sintonizaba COMRÀDIO y me colocaba el termómetro, titilando de frío, en la axila izquierda. Confirmé sin parpadear que a cuarenta y un grados centígrados de calentura delirante se magnificaba el anhelo de esos ojos negros, seductores y brillantes que seguía viendo en el display del termómetro digital.
Desilusionado por la realidad coloqué el termómetro en su estuche para llevarlo conmigo a la habitación y tras depositarlo de nuevo sobre la mesilla de noche, fui al cuarto de baño para aliviar la vejiga y comprobé al verme en el espejo que tenía los ojos irritados y sanguinolentos de la fiebre de Ravalkistán


Diógenes piensa cabizbajo sentado en el sofá del habitáculo. De vez en cuando la mirada se pierde en ese horizonte de bolsas desparramadas por el que un día fue su ordenado despacho. Frente al volcán de periódicos tirados por el suelo apenas tiene espacio para colocar las piernas, su propia figura parece una silla confundida entre la vorágine de prendas de vestir que no hacen distinción al género de quien las usó: calcetines negros, camisas que podían haber sido blancas, emergen a la superficie del plástico que las comprime compartiendo el caos entre lámparas caídas y paredes mugrientas.