sábado, 5 de marzo de 2011

DELIRIO EN RAVALKISTÁN

Precisamente hoy le había prometido, después de dos meses de darle largas con excusas inverosímiles, difíciles de digerir, que iba por fin a acompañarla de tiendas. Miento muy mal pero detesto ir de compras.
Aquel día fue distinto, se lo creyó porque puse convencimiento sincero y mucho énfasis en los preliminares amatorios mientras hacíamos la siesta (no hecha) en el tatami regalado por su excéntrico padre.
Osito –dijo a la par que clavaba sus poderosos ojos negros brillantes en mi barba de tres días –no sabes cuánto deseo ir contigo por Ravalkistán, allí hay una tienda de gasas ¡ideales para Bollywood! Dí que si, osito –insistió colocando una de sus suaves manos en mi nuca rugosa que su tacto convertía en deslizante plumón de jilguero. Cómo podía negarme. La imaginaba ya vestida de odalisca con tules vaporosos bailando en medio de una multitud que la aplaudía. Sí, cielo a Ravalkistán o al fin del mundo, lo que tú me pidas. Durante un rato sopesé que ella estaba cambiando mis costumbres y mi vida entera. De buena gana le habría propuesto que se quedara conmigo definitivamente mas ella no se prestaba a este tipo de demandas que solía interpretar como una renuncia a su libertad. Libertad condicional para ir de compras conmigo.
Anoche, antes de la pesadilla soñé que soñaba con ella empapado de sudor, lívido, en el escaparate de gasas orientales: blanco, ojeroso, lleno de retales burdos que oprimían mi tórax acelerando frenéticamente los latidos cardiacos. Entonces lo adiviné, al oír la música que salía de la cocina. Fue en aquel momento, al recordar los delirios febriles cuando comprendí que ella no existe, sólo vive en la fantasía de mi mente.
Preparaba un té con limón para atenuar el malestar mientras sintonizaba COMRÀDIO y me colocaba el termómetro, titilando de frío, en la axila izquierda. Confirmé sin parpadear que a cuarenta y un grados centígrados de calentura delirante se magnificaba el anhelo de esos ojos negros, seductores y brillantes que seguía viendo en el display del termómetro digital.
Desilusionado por la realidad coloqué el termómetro en su estuche para llevarlo conmigo a la habitación y tras depositarlo de nuevo sobre la mesilla de noche, fui al cuarto de baño para aliviar la vejiga y comprobé al verme en el espejo que tenía los ojos irritados y sanguinolentos de la fiebre de Ravalkistán

DINÁMICA DEL DOMINGO

El amanecer del domingo es distinto al amanecer de cualquier día. Por eso yo practico algunas extravagantes reverencias a la naturaleza que, el resto de semana son impensables.
La mañana aún no está desperezada del manto que oculta el néctar solar, pero sé, por la textura flexible de las plantas –método aprendido de mi avispado y querido padre, que hoy será una mañana radiante de embrujos ocres en el Montseny. Los amplios conocimientos de mi padre en cuestiones campestres siempre han sido el barómetro que ha forjado, desde niña, cualquier planificación excursionista; a él le debo la pasión y culto del andar en equilibrio por caminos surcados de tierra y piedras galácticas.
Preparo cesta y cuchillo setero, por si acaso al adentrarme en la espesura húmeda del bosque reconociera algunos ejemplares de hongos, entre los que puedo distinguir algunos comestibles.

La primera reverencia matinal es la elaboración del chocolate caliente con dos churros que pongo en el horno. Cuatro minutos dura el proceso de neutralizar el hielo –leo en las instrucciones del paquete congelado. Y mientras me dirijo al cuarto de baño abro la alcachofa de la ducha y compruebo la temperatura del agua. Acto seguido entorno la ventana de la habitación que, ya ha dejado paso al oxígeno limpio, entretanto ordeno la cama y ropa utilizada ayer. Regreso como una centella al baño para esta vez introducirme en el chorro tibio del agua al que diluyo un poco del jabón concentrado con no sé cuántos limones caribeños. No especifican cantidad en el frasco.
Las noticias del tiempo en la radio son favorables: “...día soleado. Temperaturas: máxima 13.4, mínima 9.2” escucho risueña a la vez que me llevo al paladar el primer churro rebosante de chocolate.

La segunda reverencia, extásica para los profanos, tiene lugar antes de llegar a Fontmartina. Ahí, en el esplendor de la ladera silenciosa –abetos como centinelas arrogantes y hojas secas de haya que parecen llorar las pisadas- detengo la marcha con el bello poema en la memoria:

L’AIRE DEL MONTSENY

He encontrado mi sitio
y mi libertad:
la montaña, el agua, el prado,
el aire, el aire del Montseny.

Cada precipicio, cada crestón,
misterio de soledad:
el par, el hombre, al rebaño,
el aire, el aire del Montseny.
Todo es puro, dulce y firme
y fuerte como la eternidad:
silencio, paz y combate,
el aire, el aire del Montseny.

Font Bona en Sant Marçal
Poema de Gerau de Liost

Mm. Pere Ribot (1968)

DÍA SIETE, A LAS DOCE EN PUNTO

El avión, de cuatrocientas toneladas de peso, comienza a descender bruscamente entre las nubes. Adrián mira al hombre oriental que como él ha decidido conservar la calma mientras se escuchan alaridos de pavor de los seiscientos pasajeros de abordo. Carritos con bebidas se desplazan sin freno por la nave, compuertas de equipajes se abren y cierran mientras dejan escapar máscaras y chalecos salvavidas en grotesca suspensión por la hermética atmósfera a tres mil metros de altitud.

Dos, tres o cuatro interminables minutos de incertidumbre por el cielo apagado de Singapur hasta que se hace audible la voz relajada y chistosa del comandante.

─Señores: el A380 ha soportado tormentas mayores. No deben inquietarse ¡Preparados para el aterrizaje… a la derecha, la playa!

El japonés hace un guiño a Adrián con la mirada soplando levemente entre los dientes que a él le parece de oportuna colaboración por haber sobrevivido juntos al harakiri colectivo.
De haber imaginado los retrasos aéreos en los que últimamente se veía inmerso, la clienta de Adrián no le hubiera contratado.

─El dinero puede comprarlo casi todo –le había dicho en su despacho la enigmática mujer a Adrián un mes antes del pacto-. Tengo suficiente, así que no repares en gastos. A cambio exijo puntualidad y rigor. ¿Aceptas, sí o no?

Sin embargo, Adrián no entendía como alguien que manejaba intereses en cinco continentes y fuera influyente en decisiones de economía mundial recurriera a él para seguir la pista a su sospechoso marido. Pero supuso que la diferencia de treinta años entre ellos era el motivo que quería poner a prueba la esposa “comprando” su incondicional fidelidad.

─Claro que acepto señora. Cumpliré escrupulosamente sus deseos.

El marido se había aficionado a viajar en el jet privado que financiaba su mujer, con la excusa ─cuando ella insistía en acompañarle- de que en Oriente los negocios los cierran sólo los hombres. Ya sabes, amor, los prejuicios que tienen ahí contra la mujer, por eso viajo solo. La ausencia ─insistía él con ojos enamorados- es necesaria porque incrementa el deseo de volver a estar contigo de nuevo.

─No tengo la prueba definitiva –dijo ella con arrogancia-. Espero que la halles tú en Singapur. Puede tener forma humana, femenina, aproximadamente de veintiún años. Se hospedan en el Hotel Goodwood Park. Si es así, utiliza el material de la bolsa A y deshazte del cuerpo. Diez mil dólares limpiarán cualquier duda de remordimiento. Cuatro mil los encontrarás en la bolsa B. El resto lo recibirás el día siete en la Banca Mora andorrana, a las doce en punto.

ADND-SOS4-10-IP

Diógenes piensa cabizbajo sentado en el sofá del habitáculo. De vez en cuando la mirada se pierde en ese horizonte de bolsas desparramadas por el que un día fue su ordenado despacho. Frente al volcán de periódicos tirados por el suelo apenas tiene espacio para colocar las piernas, su propia figura parece una silla confundida entre la vorágine de prendas de vestir que no hacen distinción al género de quien las usó: calcetines negros, camisas que podían haber sido blancas, emergen a la superficie del plástico que las comprime compartiendo el caos entre lámparas caídas y paredes mugrientas.
Indiferentes al pensamiento del hombre, dos niños muy pequeños –posiblemente mellizos- observan a través del cristal que cierra el marco de la fotografía colgada en la pared del lado izquierdo de Diógenes.

Lleva pensando desde aquella primera incursión de la asistenta Social.

─Será gratificante para usted dejar la habitación de los recuerdos y enfrentarse a otros retos: petanca, dominó, teatro, literatura, jardinería. Un mar de posibilidades. Piénselo, le alejará de la soledad que le rodea y evitará la desagradable confrontación con sus vecinos –dijo la mujer dulce al otro lado del auricular.

Poco después se presenta en el domicilio sin avisar con la denuncia interpuesta por un vecino de Diógenes.

─Lea esto por favor.
─Imposible, de esta casa no sale ningún hedor a orina y rancio como dice el papel ¡Mentira! Hay gente desalmada ¿sabe? Eso es porque no soportan a los animales y por esa razón me han denunciado a Sanidad. El inspector mismo comentó después de haberle mostrado toda la casa, que la denuncia no tenía ninguna justificación. ¿Qué le parece? –dijo abatido.
─No sabía que le hubiese visitado ningún inspector ni que tuviese animales ¿Le importa dejarme entrar?

La mujer sigue al hombre por el lúgubre y largo pasillo que parece no tener fin mientras él explica que adora a los gatos, los trata bien y nunca les falta comida, al tiempo que un fétido perfume invade bruscamente el olfato de ella dilatando sus filtros en una especie de arcada de revulsión que logra contener.

Enormes manchas amarillentas, secas y húmedas al lado de excrementos recientes y atrasados conforman la densa atmósfera mobiliaria del desvencijado comedor donde veintiséis gatos ronronean, se lamen y comen, impasibles a la desencajada expresión de la mujer.

Ella retrocede unos pasos con discreto disimulo y aversión, extrae su móvil y marca, con un vaho de mareo en el rostro, el código de emergencias: ADND-SOS4-10-IP
Las últimas letras significan INTERNAMIENTO PRIORITARIO.

¡ALLAHU AKBAR! (Dios es el más Grande)

¡Ya-Allah!¹ Si es verdad que tú eres el más Grande, dime porqué permites que se apodere de mí la desesperanza y el dolor. ¡Ya-Allah! disculpa por dudar de ti pero hoy me han herido de gravedad en el cuello, y tal vez sea ésta la última oración que te dedique. Sabes que no he desatendido la comunicación contigo, y te he ofrecido mis súplicas en el más absoluto estado de pureza, pero ahora, con la impureza de la sangre que mana a borbotones de mi garganta quiero decirte ¡Ya-Allah! aunque no sea gran devoto, que me he esforzado por complacerte. Sabes que he disfrazado la fe con el manto del respeto escuchando y también silenciando, para no ofender a los hermanos coptos y laicos. Tal vez consideres que no soy un buen musulmán, tampoco yo lo creo, por no exteriorizarlo en la medida que otros lo hacen pero, te aseguro que te siento conmigo en este triste percance, y no vas a abandonarme. No es la posibilidad de la muerte lo que me inquieta sino el porvenir de mis cinco hijos pequeños. Miro –desde la perspectiva supina en que han colocado mi cuerpo- el azul infinito y limpio del cielo de mi querido Cairo. Millares de voces se alzan proclamando libertad. Noto el sostén de brazos vigorosos, hombres valientes y fuertes que se apresuran a socorrerme. No te asustes –dicen al elevarme sobre sus hombros-, te llevamos a la ambulancia, al otro lado del río. ¡Ya-Allah! Tengo sed, sólo trago esta sustancia densa y caliente que abrasa por dentro y sabe a sal y azufre. ¿Quién va a alimentar a mis hijos? ¿Cómo iba a sospechar siquiera, después de la llamada del imán a la plegaria matutina donde me he congregado, que alguien volcaría su ira contra mí, humilde pacifista, comerciante honesto del barrio Jan el-Jalili? Ha sido todo tan rápido ¡Ya-Allah! No, no puedo aceptar este disparo ¡porque ha sido un arma de fuego la que ha destruido mis sueños de esperanza! Sabes además lo que pienso acerca de los héroes, así que por favor no me conviertas en uno de ellos, al menos de modo prematuro pues ninguna revolución debería tenerlos. Tampoco es honrado mantener a los tiranos, ni que miren a otro lado los Estados cuando se pide pan y justicia. Amo demasiado la vida para entregarla en esta plaza atestada de violentos. Vine a clamar contra el derecho a la libertad, no a que me acallaran para siempre. Tawak-Kalto Al-Allah².

1¡OH Dios!
2Yo confío en Dios