domingo, 10 de octubre de 2010

TREN A LA SIERRA


Irina deambula incansable por los alrededores de la estación de Cercedilla. Ignora si en esta época del año algún tren la acercará a la montaña. Hace calor. Un denso aire almizclado envuelve el sofocante sol de las tres de la tarde.
Ve una sombra en medio de la penumbra y se aproxima a ella cuando adquiere proporciones humanas.

─¿Sabe a qué hora sale el tren? –pregunta al hombre vestido con pantalón azul marino y camisa celeste.
─Depende de los usuarios. Si no viene nadie más, el tren no se pondrá en marcha. Tendrás que esperar si quieres subir a Navacerrada –contesta mirando de soslayo la maleta marrón de la chica.

Un grupo formado por dos familias con niños chillones aparece antes que Irina tenga que contestar preguntas incómodas de responder. Ella esboza una parodia de sonrisa. Mira su reloj que marca las 15:17. En la vía un convoy llamativo rojo y blanco espera al maquinista que es el mismo que ha despachado los billetes de ida y vuelta.

─¡Viajeros al tren! –dice el hombre en tono de júbilo al total de once pasajeros invitándolos a subir con un estereotipado gesto de mano.
Los niños han perdido el vigor de llegada a la estación y ahora están calmados en sus asientos vencidos por el sopor de la hora de verano.
Irina alza su maleta y la coloca con extremo cuidado en el compartimento superior del asiento. Se prometió así misma hacerlo y ahí está a punto de cumplir aquel deseo que no es el suyo.
Minutos después de pasar la estación Las Heras el tren se detiene en medio de ninguna parte cuando el maquinista se dirige a los niños con un guiño de implicación.

─Peques, hemos llegado a la fuente. Parada de 10 minutos, daos prisa.
Tal vez los familiares conocen al hombre y tienen un pacto con él –piensa Irina, mientras se suma también a aplacar su sed en la fuente de piedra al lado de la vía. Los padres de los niños no tardan en hacer acto de presencia para tomar fotos con las camisetas mojadas.
Entretanto Irina refresca su memoria, embelesada por el recuerdo que el agua le trae de su madre. Nunca hubiera sospechado que ella tuviera un amor oculto. El azar hizo llegar a sus manos aquella carta que escribió un mes antes de morir: “Amor mío, sabes que no dispongo de mucho tiempo, pero sí de la alegría de haberte conocido. El consuelo de no dejar hijos pequeños al cuidado de otros me conforta ¡te he hablado tantas veces de Irina! Presiento que ella saldrá adelante. Si tuviera el valor suficiente le pediría que mis restos los llevara a Cotos dónde tú y yo pasamos maravillosos e inolvidables momentos. Ahí es donde me corresponde estar, cerca de tu esencia, pero no puedo afrontar esta verdad. Sé que un cordón invisible nos une a pesar de la distancia. Cuidaré de ti desde las estrellas. Con amor, Alexandra”.

Haciendo acopio de valor evitó hablar de la carta con su padre pero le pidió su consentimiento para expandir sus cenizas en la Sierra del Guadarrama.
No fue difícil convencerlo argumentando que Alexandra le había rogado a ella su deseo del descanso final en el país del sol.
La brisa perfumada de los pinos penetra en el vagón y hace salir de su introspección a Irina al tiempo que el tren llega a Cotos. Ahora se siente en paz consigo misma.
Abandona el tren y empieza a caminar contemplando el resplandor de las montañas. Mira a ambos lados de la encrucijada de caminos sin saber cual tomar. El tren emite un pitido y, cuando Irina está a punto de perderse de nuevo en sus pensamientos, una voz le grita:

─¡Eh! ¿Es suya esta maleta marrón?

1 comentario:

  1. TREN A LA SIERRA.-
    De una simple lectura , casi ingenua al principio , se desatata la complicidad de la hija con su madre con una fuerza penetrante , que me impactó.Recomiendo leerla con cuidado, tiene muchas vistas , como un caleidoscopio.
    Ramón Serra Fuentes

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