Curiosos espectáculos callejeros suceden en las ciudades todos los
días. 
A media tarde del domingo, en la concurrida esquina entre el Paseo y la Avenida, allí donde la gente suele citarse para encontrarse con otros, está a punto de empezar uno formado por un grupo evangelizador. Son siete personas que parecen salidas de un cuadro surrealista gris. Cinco mujeres y tres hombres que se sitúan en media luna y próximos a los que esperan, entre la barandilla de la estación y el colegio. La gente va y viene deprisa, pocos prestan atención mas a ellos no parece importarles. El discurso no cesa. La voz cantante la lleva una mujer de casta apariencia. Tapada, prácticamente hasta las orejas, con una indumentaria inadecuada al clima caluroso que se respira: jersey de lana de cuello alto, falda hasta los tobillos que deja entrever el empeine de los pies cubiertos con tupidas medias marrones. Un grueso chaquetón azul oscuro completa la sombría y hermética figura. Avanza unos pasos hacia delante para exponer su arenga; mientras gesticula con los brazos y las manos sostienen lo que parece el libro de salmos. A continuación lanza a voz en grito: -“Te quiero enseñar cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Deléitate en mí y te concederé las peticiones de tu corazón. Mis pensamientos sobre ti se multiplican más que arena en la orilla del mar…”-
Uno de los compañeros alza fuertemente la voz arropando a la mujer con exclamaciones exaltadas de potentes Aleluya. El grupo escucha con atención ajena los jocosos comentarios de algunos transeúntes que ríen al pasar junto a ellos. La mujer retrocede tres pasos a la vez que le precede un hombre de unos treinta años quien toma el relevo de la palabra exclamando:
-“Somos un grupo de hermanos, además de médicos, que ha cambiado su orientación para salvar al mundo de todos los males que acechan al alma, ¡alcohol! ¡droga! ¡pornografía! todos somos pecadores… ¡Necesitamos arrepentirnos!”
días. 
A media tarde del domingo, en la concurrida esquina entre el Paseo y la Avenida, allí donde la gente suele citarse para encontrarse con otros, está a punto de empezar uno formado por un grupo evangelizador. Son siete personas que parecen salidas de un cuadro surrealista gris. Cinco mujeres y tres hombres que se sitúan en media luna y próximos a los que esperan, entre la barandilla de la estación y el colegio. La gente va y viene deprisa, pocos prestan atención mas a ellos no parece importarles. El discurso no cesa. La voz cantante la lleva una mujer de casta apariencia. Tapada, prácticamente hasta las orejas, con una indumentaria inadecuada al clima caluroso que se respira: jersey de lana de cuello alto, falda hasta los tobillos que deja entrever el empeine de los pies cubiertos con tupidas medias marrones. Un grueso chaquetón azul oscuro completa la sombría y hermética figura. Avanza unos pasos hacia delante para exponer su arenga; mientras gesticula con los brazos y las manos sostienen lo que parece el libro de salmos. A continuación lanza a voz en grito: -“Te quiero enseñar cosas grandes y ocultas que tú no conoces. Deléitate en mí y te concederé las peticiones de tu corazón. Mis pensamientos sobre ti se multiplican más que arena en la orilla del mar…”-
Uno de los compañeros alza fuertemente la voz arropando a la mujer con exclamaciones exaltadas de potentes Aleluya. El grupo escucha con atención ajena los jocosos comentarios de algunos transeúntes que ríen al pasar junto a ellos. La mujer retrocede tres pasos a la vez que le precede un hombre de unos treinta años quien toma el relevo de la palabra exclamando:
-“Somos un grupo de hermanos, además de médicos, que ha cambiado su orientación para salvar al mundo de todos los males que acechan al alma, ¡alcohol! ¡droga! ¡pornografía! todos somos pecadores… ¡Necesitamos arrepentirnos!”
Tres cosas me llenan de orgullo: familia, negocio, y sobre todo ideas, ah ¡qué ideas! -ventajas de recordar los sueños- pues nos han permitido vivir con holgura durante años.