martes, 28 de julio de 2009

GRAFOLOGÍA DE UNA NOTICIA


Cómo todas las cosas suceden por alguna razón, seguramente a la tuya no le faltan, y pienso muchas veces cual sería el motivo que te llevó al reparto en copias del manuscrito. A lo mejor ya ni te acuerdas o quien sabe, si aquello fue el lanzamiento hacía el estrellato social, dejando atrás el submundo del “costo del güeno” que reflejaba tu nota.
Entre alguna de mis costumbres está la de fijarme en las caligrafías de los demás. Una manía, supongo, para imaginar como es la persona que escribe a través de los trazos gráficos que expone. Lo considero como un juego apasionante; y, jugando a la sinceridad, algunas veces, equivocando el pronóstico. Normal, no soy profesional.
Observé con atención la huella del escrito cuando apareció publicado en la prensa del 2007, concretamente el 24 de abril.
El titular, anunciado como “delito contra la salud pública”, pretendía impresionar resaltando tu detención, qué dicho sea de paso, les pusiste en bandeja por exceso de candidez. Leí la noticia completa pero, como decía, la lectura resultó indiferente. Los ojos se posaron directamente en la unión de letras más que al modo en que expresabas esa original venta del hachís
Detenida en el primer trazo de la C de “Costo”, principio del manuscrito, fue aproximarse a la compasión -o así lo creí- por la fisura inferior que contenía la letra. No te salió un semicírculo curvado, y ese detalle, se me antojó grave imaginando la triste e incierta existencia que llevabas en tu barrio. Sin embargo, la “T” desplegaba esa verticalidad tan asombrosa, que cualquier entendido, la asociaría a firme voluntad de hierro indispensable para afrontar la vida.
Del resto de rasgos destacaría, por el mismo orden que aparecieron: ternura, independencia, amor propio, sensibilidad, inmadurez y, rizando el rizo, hasta dotes artísticas relacionadas con la ingeniería.
Ahora me pregunto si habrás canalizado convenientemente estas cualidades para hacer de tu negocio otro modo lícito de convivencia.
Mucha suerte, Marcos.

jueves, 23 de julio de 2009

EL REGRESO

Es asombrosa la camaradería que se da en el tren. Acabo de subir al TALGO con destino a Barcelona y antes de localizar el asiento, una monja ofrece amablemente galletas acercando el paquete a mi mano derecha. Tomo una y la saboreo mientras le dedico una sonrisa de agradecimiento y perplejidad. Sé que no seremos compañeras de viaje porque está sentada en el costado de la ventana y, precisamente, el billete que yo llevo indica: 12 V. Pienso por un instante si su asiento fuera el que ocuparé, ¿cómo podría decirle que se ha equivocado?; la verdad no sé como tratarlas, y menos a ésta, de dulzura celestial.
Paladeo los fragmentos de galleta que saben a gloria. Seguro que la ha elaborado ella misma, tiene textura artesana, impregnada de reposo monacal y, ¡qué sabor! una mezcla de canela, rosa y naranja que inundan paladar y mente de deliciosos recuerdos orientales.
Localizo el sitio cuatro filas más adelante, al tiempo que noto un leve impulso del tren que se pone en marcha. A continuación, una frenada brusca produce el choque con un pasajero barbudo, gorra deportiva naranja y pose de equilibrista cuando en una rápida y audaz maniobra sostenida por el brazo, evita el resbalón seguro en el estrecho pasillo.
Agradezco el gesto mientras voy hacia el asiento. Dejo la bolsa de mano en el portaequipajes superior y acomodada, disfruto del acompasado y suave traqueteo, mientras cierro los ojos al pasar el túnel. Detrás escucho los incipientes ronquidos de la señora que está a la espalda. Al girarme, noto la observación de otros pasajeros con la complicidad alegre de quien pregunta con la mirada: ¿le vas a decir algo? La mujer, abre ligeramente los ojos, mira fijamente y con un hilo de voz brinda, “para que te entretengan” -dice-, tres revistas de moda.
Temo que yo también he dormido, porque sin darme cuenta, el tren se ha detenido en la Estación de Sants. Tengo la sensación de haber llegado en un suspiro, creo que la galleta tenía, además, añadidos relajantes. Quiero devolver las revistas pero ya no queda nadie a quien poder preguntar. Soy la última en bajar, así lo hace saber el empleado que me ha despertado:
-Fin de trayecto señora.
-Disculpe, -le digo-
-¿Dónde está el portaequipajes de arriba?
-Sencillamente no hay, nunca los ha habido en el metro -responde-
-¿¡METRO!? ¿De qué habla...?
Aturdida, le pregunto si ha visto a una monja que repartía galletas y muy irónicamente responde que las “galletas” gustosamente las daría él, si pudiera, a los carteristas que operan a sus anchas por los vagones en la línea roja.
Hoy –explica- he recibido quejas de cinco personas a las que les han robado sus billeteros, por un individuo que describen con abundante barba negra y gorra deportiva naranja.
¡Oh, no! ¿Dónde estará mi bolsa…?

domingo, 19 de julio de 2009

TRANSGRESIÓN

Ese fatídico día de finales de verano y olor dulce, que se convertirá pronto en amargo, marca la existencia del chaval que trabaja la tierra. Daniel ha llegado temprano a desbrozar el campo enclavado en un montículo de forma redondeada y que parece una pequeña atalaya. Quedan algunas frutas que coger cuando empieza a notar cansancio. Una hora más, piensa, y acabaré por hoy. Tumbado a ras de suelo limpiando la hojarasca de los perales oye el ruido del camión que se aproxima por el camino del cementerio. Apartando a un lado los aperos de trabajo se sitúa tras un árbol observando entre las ramas. Es rara la circulación por la zona. El camión detiene la marcha y bajan tres individuos calzados con botas militares. Caminan hacía atrás, levantando polvo en el camino hasta llegar a la puerta trasera que Daniel no alcanza ver en su totalidad, pero escucha bien los pasos. Pasos que no podrá jamás olvidar. Son pasos de verdugos que invitan a bajar del camión, a alinear en la pared del cementerio a los infelices hombres que también han bajado del vehículo. Son cinco prisioneros, el más alto un chico de quince años que llama papá al hombre que está junto a él y pregunta: ¿dónde nos llevan? No levantan la vista del suelo siguiendo a los tipos serios que los conducen al lateral de la pared del cementerio, sin esperanza, saben que van a morir irremediablemente. Silencio. No piden clemencia ni mendigan perdón. Sin tiempo para el adiós caen. Ojos inertes, abiertos ya nunca más a la vida y mirada de muerte posada en el tirano ejecutor. Uno a uno recibe el tiro de gracia. Daniel vomita, se retuerce de espanto apoyado en el árbol, testigo cómplice, del terrible crimen. Reconoce los verdugos de la barbarie, uno, es el sacristán. Hace años que colabora en las tareas de la iglesia. Hoy, precisamente debe llegar a tiempo para ordenar las ropas de liturgia del sacerdote que en su homilía hablará del Derecho a la Vida.
Han pasado años pero la tierra tiene memoria: los árboles se inclinan solemnes en un acto de reverencia hacía la pared del camposanto, el paredón, cual homenaje silencioso por los hombres que allí cayeron. Daniel lo sabe, la Naturaleza es capaz de condenar con ese gesto de amor la horrible transgresión cometida.